domingo, 30 de agosto de 2015

Filmar y escribir

Siempre me sentí abatida ante la empresa de llevar a cabo una idea, de hacer tangible una imagen mental, una historia, una situación. La distancia entre mi imaginación y el resultado. Cierta suspicacia de que la tecnicidad se imponga por sobre la poesía, o miedo a mi propio control.

Filmar, ficciones, jugar con reglas. 
Documentar, historias, jugar con mayor libertad.

Pienso que en el cine de ficción toda la cuestión está en la transformación. Transformación de la idea original a una cosa nueva que, ¿cuánto tiene que ver con la idea madre? ¿Acaso importa? ¿Acaso lo real y fiel a esa idea no es, a fin de cuentas, esa verosimilitud representada tal cual quedó? Es decir, tal como la luz lo permitió, el día, la funcionalidad de los equipos o algún glorioso infortunio.

Pienso en filmar y en escribir. Tan diferentes y parecidos, tan necesarios.

El cine es para mí una especie de amor impoluto, platónico, lo todo. Como un bebé que me da miedo alzar y que se caiga al piso y se rompa; como una roca de azúcar a punto de disolverse entre mis dedos desafiantes.
Lo miro como una enamorada secreta, lo admiro. Escribo más de lo que filmo, hablo más de lo que filmo, observo más de lo que filmo.

A la ficción la veo con ojos de enamorada que no sabe si es correspondida. ¿Me será corrrespondida la ficción? Ya lo intenté y lo sigo intentando. Miro mil veces una película, con menos frecuencia mis propios registros.
Siento curiosidad por quien está (estamos) detrás, saber si no se quiere morir al ver lo que logró. Pienso: ¿Estará conforme? ¿Así quería contarlo? ¿Así debía ser representado? ¿Acaso a ese director o a esa directora le importará si sus películas me cambiaron la vida? Pienso: ya no pienses.

Documentar me fue atrapando cada vez más, contar una historia verdadera que, indefectiblemente, será ficción: realidad más subjetividad. Resumir, sintetizar, tener algo que mostrar. Cambiar la vida de alguien haciendo algo.
En el documental las sorpresas son válidas y bienvenidas. En la ficción, cada sorpresa es un obstáculo para la idea previsualizada. Fatalismo.

Las imágenes se pueden resignificar, pero un texto se resignifica sin imposición estética "real" alguna, sin sonidos. Es un proceso solitario y la información la completamos pura y exclusivamente con las ideas que ese texto nos dispara en ese preciso instante, en ese estado emocional.

Palabras como contenedoras de sensaciones que exceden las propias palabras. Descansar, tomar aire, no dejarme fatigar por el agobio de la grandilocuencia y confiar. Confiar en este o cualquier texto como un canal de transmisión sensorial, ideológico. Porque lo que uno hace, lo define, y eso construye la más genuina esencia.

Voy a concluir con la siguiente imagen: Jack Lemon colando espaguetis con una raqueta de tenis en The Apartment.

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