miércoles, 11 de noviembre de 2015

Flor

Aspirando el perfume de mi planta (reina del balcón, afable ahuyentadora de mosquitos atrevidos) se infiltró una ingrávida flor por mi fosa nasal izquierda. No sabía que ya habían brotado sus pequeñas flores. Tal vez no quise verlas a propósito.
Creo que se me fue al cerebro, porque hasta ahora no la estornudé. Buceará entre mis neurotransmisores (imagino) y encontrará refugio en un lugar familiar: mi permanente recuerdo hacia vos. Un mullido espacio en desuso donde podrá la flor quedarse y tomar el lugar de aquel recuerdo.

domingo, 18 de octubre de 2015

Velero de plástico

El velero que cambia de color rosa a violeta o a azul
sobre la mesa del bar, al lado de la vela encendida, agonizante
lo miramos para no mirarnos
Los climas propios de las estaciones de transición, 
el clima de nuestras pieles
Todo otra vez, circulares los reencuentros o tal vez
demasiado pronto (demasiado nunca) para pensarte diferente
Pudo ser hermoso, tu miedo, lo de siempre
Algo tan incómodo crecía sobre mis hombros
un deseo pesado que se fundía con temor
o el crispamiento de las células que se exaltan cuando te aproximás
Me desconozco en esta parálisis
soy un puerto, me percibo como tal
la quietud, la espera
El velero en tu mano es una extensión natural
un mini vos
Se renuevan las cosas viejas con dos o tres palabras tuyas, por el modo en que las pronuncias
y por el olor de tu respiración
tus ojos siguen tan fugaces
Miramos el velero cambiar de color, repetimos la palabra ambigüedad
ambigüedad, ambigüedad
nos besamos infinitamente, decís, pero ya somos otros, evolucionamos
no hablemos del pasado, te contestás.
Es rosa, o tal vez es violeta 
definitivamente es rosa
La tormenta afuera nos sorprende, pasados por agua llegamos
a mi casa
si pudiera aproximarme un poco más, y sentir tu cuello
para calmar estos nervios
Un beso que no 
y esa fue y esa será la última vez 
los veleros llegan al puerto, descansan y siguen navegando. 
Mi corazón y mis células están bien
mi corazón y mis células van a estar bien.

domingo, 30 de agosto de 2015

Filmar y escribir

Siempre me sentí abatida ante la empresa de llevar a cabo una idea, de hacer tangible una imagen mental, una historia, una situación. La distancia entre mi imaginación y el resultado. Cierta suspicacia de que la tecnicidad se imponga por sobre la poesía, o miedo a mi propio control.

Filmar, ficciones, jugar con reglas. 
Documentar, historias, jugar con mayor libertad.

Pienso que en el cine de ficción toda la cuestión está en la transformación. Transformación de la idea original a una cosa nueva que, ¿cuánto tiene que ver con la idea madre? ¿Acaso importa? ¿Acaso lo real y fiel a esa idea no es, a fin de cuentas, esa verosimilitud representada tal cual quedó? Es decir, tal como la luz lo permitió, el día, la funcionalidad de los equipos o algún glorioso infortunio.

Pienso en filmar y en escribir. Tan diferentes y parecidos, tan necesarios.

El cine es para mí una especie de amor impoluto, platónico, lo todo. Como un bebé que me da miedo alzar y que se caiga al piso y se rompa; como una roca de azúcar a punto de disolverse entre mis dedos desafiantes.
Lo miro como una enamorada secreta, lo admiro. Escribo más de lo que filmo, hablo más de lo que filmo, observo más de lo que filmo.

A la ficción la veo con ojos de enamorada que no sabe si es correspondida. ¿Me será corrrespondida la ficción? Ya lo intenté y lo sigo intentando. Miro mil veces una película, con menos frecuencia mis propios registros.
Siento curiosidad por quien está (estamos) detrás, saber si no se quiere morir al ver lo que logró. Pienso: ¿Estará conforme? ¿Así quería contarlo? ¿Así debía ser representado? ¿Acaso a ese director o a esa directora le importará si sus películas me cambiaron la vida? Pienso: ya no pienses.

Documentar me fue atrapando cada vez más, contar una historia verdadera que, indefectiblemente, será ficción: realidad más subjetividad. Resumir, sintetizar, tener algo que mostrar. Cambiar la vida de alguien haciendo algo.
En el documental las sorpresas son válidas y bienvenidas. En la ficción, cada sorpresa es un obstáculo para la idea previsualizada. Fatalismo.

Las imágenes se pueden resignificar, pero un texto se resignifica sin imposición estética "real" alguna, sin sonidos. Es un proceso solitario y la información la completamos pura y exclusivamente con las ideas que ese texto nos dispara en ese preciso instante, en ese estado emocional.

Palabras como contenedoras de sensaciones que exceden las propias palabras. Descansar, tomar aire, no dejarme fatigar por el agobio de la grandilocuencia y confiar. Confiar en este o cualquier texto como un canal de transmisión sensorial, ideológico. Porque lo que uno hace, lo define, y eso construye la más genuina esencia.

Voy a concluir con la siguiente imagen: Jack Lemon colando espaguetis con una raqueta de tenis en The Apartment.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Sueño

Lo que más repulsión me da de las lombrices es su movimiento lento pero obstinado, su atrevimiento, su mansa amenaza. Operan sin un objetivo más que el de danzar y generar un sórdido y continuo movimiento de nada, exhibiendo su inocente repugnancia. No tienen la culpa, no tienen maldad y yo igual las detesto. Lo que más repulsión me da de esos bichos es que no hay razón por la cual yo no las acepte, como sí puedo aceptar una araña, una cucaracha o un sapo.

En el sueño, yo abría la puerta de un lugar, un ambiente (una habitación X en un lugar X) y lo primero que veía era una lombriz mezcla con serpiente que se iba levantando en el marco de la puerta (yo estaba del lado de adentro de esta suerte de habitación) como amagando entrar, lo curioso es que se iba haciendo cada vez más grande (como el sueño del limón amarillo que crecía cada vez más y más*).

Yo estaba acompañada de un chico algo andrógino que después me percaté de que era un personaje que aparece en la tercera temporada de Orange is the New Black, un chico con quien estuvo Doggett y que aparece en unas escenas de flashback.

Él estaba conmigo, y cuando veo la lombriz-serpiente queriendo entrar le ordeno: “matala, matala ya!”, siendo consciente de que por un miedo mío estaba delegando matar. Mucha culpa, muchas sensaciones mezcladas. A la vez, pensaba: pobre, está viva y tiene derecho a seguir estando viva. Y él  se ponía mal pero terminaba matándola, y después se ponía a llorar, se sentía enojado con él mismo y luego conmigo. Me decía: "quién sos vos para ordenarme matar a la serpiente y por qué tuve que hacerte caso". Él estaba mal y eso hacía que yo también me pusiera mal, pero a la vez me reconfortaba la idea de que la serpiente ya no era una amenaza (a medida que iba avanzando el sueño el concepto era cada vez más de serpiente, es decir, menos lombriz)

Cuando le conté este sueño me dijo que, desde su punto de vista, no es malo soñar que matás. Yo soñé que asesinaba personas, decía. Con mis propias manos. Súper vívido. Matar para nosotros es quitar la vida pero también es cortar vínculos, separar, sobrevivir uno, imponerse, hacerse escuchar, no dejarse matar. La lombriz es un animal ciego e inofensivo. La serpiente, no. Algo inofensivo va desenmascarando un costado cruel y vos no lo dudas, pero tampoco operas. Tu intuición, quizás es correcta, pero exigís que otra persona haga tu voluntad porque vos estás mas allá, o sos demasiado mucho o demasiado poco para hacerlo vos misma. 
Estas palabras fueron su respuesta y me dejaron pensando en el consecuente devenir de los hechos. En que, finalmente, tuve que obrar y matar a la serpiente que había dejado de ser lombriz con mis propias manos, tragándome la tristeza de aniquilar algo vivo, mas sintiendo el alivio de la calma.


domingo, 26 de julio de 2015

Planta con espíritu de hombre

El ejercicio de transformar todos estos pensamientos, porque si los dejo ser me van a aturdir hasta hacerme ensordecer. Preguntas temporales otra vez y siempre (cuánto dura un ciclo, sin signos de interrogación). Nos espero en la transformación. No me fui, me quedo mirando un punto brillante en el horizonte, en ese punto una futura yo toma la mano de un futuro vos. El césped a mi alrededor tiene tu mismo color: verde, como un trébol o como un corazón de emoji. Siempre, para mí, fuiste verde.
El perfume de la citronela se me impregna en cada célula del cuerpo e inhalo hondo, como si pudiera aspirar su espírtu. La más fuerte de las plantas de mi balcón, la que sobrevive, la que nunca se va a morir. La miro, la beso con la mirada. La amé y aún lo hago. Me acuerdo de sus primeras flores, lilas y pequeñas, y de cómo brotaron sus capullos, para mi sorpesa, de manera tan repentina. Lo gratificante de que me brinde, cual ofrenda, tanta belleza. Volverán, son ciclos. Volverán las flores cuando pase el frío.
Palabras sabias de otros tiempos quedan grabadas en mi memoria: "El Jack Daniels con Coca Cola tiene gusto a banana".

domingo, 17 de mayo de 2015

Sin título 2

Estalactitas de néctar vencido atraviesan mi faringe, tal vez sea veneno. Mis papilas ya no sienten ni tampoco reacciona mi sangre. La temperatura descendió notablemente. Entre visiones de paisajes sin horizontes, como un planeta aburrido de no poseer vida, espero con paciencia forzosa la llegada de una estación más cálida. No puedo escupir el trago, mas tarde o temprano el cuerpo se encargará de convertirlo en deshecho. Y limpia entonces, continuaré con mi trayecto. O me convertiré en un planeta esperando con ansias la visita de una molécula orgánica.

domingo, 11 de enero de 2015

Sin título 1

Este universo me es ajeno pero de alguna manera no puedo volverme a mi casa. No es que nadie me espere, no me faltan afectos. Sostengo el abanico malformado con la mano derecha y con la izquierda reacomodo cada pluma de menor a mayor pensando que fue una tontería lo del sacrificio provechoso, muy honesto para sus oídos incrédulos, expectantes de palabras que no comprendía cómo transmitirle y que posiblemente nunca surgirían de mí. Prefiero creer en esta perspectiva, la de percibir la belleza, incluso, en el horror. Desisto. Estoy sola, parada sobre un suelo todavía ceniciento y esperando que mi cuerpo avance pero las rodillas se me aflojan cada vez más. Anochece y los pocos colores se funden y agonizan en una oscuridad que me recuerda a la de nuestras pupilas encontrándose por un micro segundo. Intento mover la pierna derecha y dar el primer paso para continuar con mi camino pero me desvanezco muy lentamente apretando fuerte las plumas en la palma de mi mano. Caigo al suelo durante horas, tal vez días. Las uñas de los dedos lastiman el interior de las palmas de mis manos. Estoy a tiempo de dejar un legajo, un pedazo de forma de ver el mundo.